Ecos del silencio, «El ángel de la calle»

Ecos del silencio, el ángel de la calle

Una locomotora de felicidad arrastró la década de los años veinte del siglo pasado a una velocidad endiablada que será frenada de golpe por el colapso de la Bolsa de Nueva York en 1929. Pero antes del fatal accidente que dejará como secuela lo que conocemos como ‘La Gran Depresión’, una nueva industria empezaría a asentar sus cimientos transformando en poco tiempo no solo la manera de disfrutar del, ganado a golpe de sudor y lucha, tiempo de ocio, sino, también, el arte en general y la cultura occidental en particular: el cine.

Y como toda industria, el séptimo arte depende de la tecnología, la cual condicionará en gran medida la manera en la que las historias son contadas, lo que se conoce como storytelling. Al hilo de esta consideración, a mediados de la década los ingenieros consiguen solventar el que sería el primer gran escollo: la sincronización del sonido. En una serie de etapas, las películas mudas habían ido evolucionando desde la improvisación o el acompañamiento en vivo por una orquesta, en caso de salas modestas una solitaria pianola preprogramada a medida de cada película, a una banda sonora que venía con el film, pero que no acompañaba sonido directo alguno.

La irrupción de los diálogos provocará un cambio radical en la forma en la que los equipos de producción plasmaban la acción en pantalla. Más allá del lenguaje visual, a nivel narrativo y dramático se van a desechar muchos de los paradigmas que hasta entonces se venían utilizando.

A modo de hito, la implantación del sonido sincronizado llega de forma definitiva con la producción de la Warner Bros. El cantante de jazz (1927), aunque durante los años 1927-29 se seguirán produciendo una gran cantidad de cintas mudas por parte de todos los grandes estudios de Hollywood. Uno de estos filmes tardíos es El ángel de la calle (1928), película que recoge con total fidelidad el lenguaje de la era muda de Hollywood (1913-1929) y que supuso, además de un gran éxito, un contrapunto a la inminente disrupción del sonido en el cine.

Dirigida por Frank Borzage, director que trabajaría incansablemente durante los años veinte, treinta y cuarenta, y con la interpretación del binomio formado por Janet Gaynor y Charles Farrell, con los que Borzage trazará un muy exitoso tríptico al que se le suman las obras El séptimo cielo (1927) y Lucky Star (1929), narra la intensa historia de amor entre una desdichada chica napolitana que se ve forzada a realizar la calle para costear los medicamentos de su madre enferma y un pintor vagabundo que anda tras el éxito. A pesar de su mensaje aparentemente simple —un amor sin límites que supera todas las dificultades—, el relato seduce gracias a la gran química entre los protagonistas y, sobre todo, al buen hacer de un Borzage que se catapultará como uno de lo grandes realizadores del momento.

Más allá de su importancia en la historia del cine, El ángel de la calle es una pieza arquetípica con la que nos podemos trasladar a los albores de una industria creciente y reconocer las estructuras narrativas con las que contaba el cine mudo para conectar con el espectador y lograr convertirse en la principal distracción de generaciones enteras. Un cine de sobrios alardes y planos generales, guiones casi esquemáticos, intertítulos concisos y actuaciones muy gestuales inspiradas en la pantomima teatral. Un arte visto casi como «artesanal» en el cual debemos, para poder disfrutarlo sin complejos, sentirlo antes que pensarlo.