Larry Clark, polémica con mucho arte

Larry Clark, polémica con mucho arte

Se podría decir que Larry Clark (Tulsa, 1943) fue educado en la fotografía y, a partir de ahí, hizo de esta no solo su forma de vida, sino, también, su manera de entenderla y el medio principal con el cual expresarse. Y es que el fotógrafo estadounidense aprendió el oficio casi al mismo tiempo que comenzaba a dar sus primeros pasos y a balbucear sus primeras palabras; su madre, fotógrafa profesional, se aseguró de que el pequeño Lawrence siguiera su estela en el negocio familiar enseñándole los entresijos técnicos de este fascinante mundo. De esta manera, con tan solo trece años ya participaba y se encargaba de trabajos profesionales, viendo las cosas que le rodeaban detrás de un objetivo y respirando productos de revelado mezclados con haluro de plata.

Al mismo tiempo que se dedicaba a sacar adelante la empresa familiar, el joven Clark comenzaría a conocer y experimentar su entorno con la ayuda de las drogas. Siempre armado con su cámara, durante los convulsos años sesenta del siglo xx empezaría a retratar en blanco y negro a su círculo de amigos bajo el efecto de las mismas con la pretensión de obtener un fiel reflejo de la vida suburbana estadounidense en la periferia. Según Larry Clark, tanto las drogas como la violencia forman parte intrínseca del paisaje urbano.

A principios de los sesenta, estudió en la Escuela de Arte de Layton en Milwaukee, Wisconsin, y, posteriormente, se trasladó a Nueva York para ejercer como freelance, carrera que interrumpió por un par de meses para participar en la Guerra de Vietnam. A su vuelta, llevó a cabo una recopilación de sus experiencias durante la década, culminando con la publicación del libro fotodocumental Tulsa (1971).

Posteriormente, ya habiendo adquirido cierto reconocimiento como artista, publicaría Teenage Lust (1983), un recorrido autobiográfico a través de imágenes por su adolescencia. En esta obra, Clark trataría el uso de las drogas, la actividad sexual y la construcción de la identidad del individuo utilizando, entre otros, modelos jóvenes que ejercían la prostitución y que reclutaba en Times Square, Nueva York. Con este volumen se consagraría definitivamente, pasando su trabajo a ser parte de una gran cantidad de colecciones artísticas públicas de diversos museos y galerías como, por ejemplo, el Whitney Museum of American Art en Nueva York o el Museum of Fine Arts de Boston.

En la entrada de la década de los años noventa del siglo pasado, Larry Clark se iría introduciendo poco a poco en el mundo audiovisual, cuyo primer trabajo oficial fue la dirección del vídeoclip de la canción Solitary Man (1993) interpretada por Chris Isaak. Esta primera incursión le serviría de acicate para dar el paso definitivo hacia la dirección de un largometraje. En ese mismo periodo, Clark conoce a Harmony Korine en Nueva York y le propone la guionización de una historia en la que él está trabajando junto con Jim Lewis. Ese sería el germen de su primera y polémica película como director: Kids (1995). Esta cinta es un relato de un día en la vida de un grupo de adolescentes que se mueven por todo Nueva York bebiendo, fumando, tomando drogas y patinando. Con un lenguaje crudo —sin prácticamente esconder nada— y una fotografía realista, la cámara se centra sobre todo en Telly (Leo Fitzpatrick), un muchacho que tiene la meta de desflorar al mayor número posible de tiernas vírgenes. El tratamiento explícito y la acción enfocada en el sexo adolescente levantó un gran revuelo, envolviendo el filme en una gran controversia acerca de posicionar la mirada del cine en temas que suponen un gran tabú en la sociedad contemporánea. No obstante, esta primera película como director marcará las polémicas señas de identidad de los posteriores largometrajes de Larry Clark: adolescencia, drogas, excesos, alienación, violencia y skateboard.

A la par con el estreno de su primera película, se edita un nuevo volumen de fotografías en el que Larry Clark analiza a modo de ensayo fotográfico la influencia de los medios de comunicación en el la cultura juvenil estadounidense: The Perfect Childhood (1995).

La siguiente obra cinematográfica dirigida por Larry Clark será Al final del Edén (1998), una cinta más convencional, aunque no exenta de cierta mala crítica por la extrema violencia y profusión de sangre en algunas escenas, que cuenta con un reparto más consolidado en el que destaca la mesurada actuación de Melanie Griffith en contraposición a histriónico James Woods. En esta ocasión, se nos narra la historia de Bobbie (Vincent Kartheiser), un joven adicto a las drogas que se dedica a realizar pequeños hurtos, que seducido y tutorizado por Mel (James Woods), un traficante de drogas, es invitado por este a dar un gran golpe que supone más dinero y riesgo.

Con el cambio de milenio la controversia volverá a asociarse al nombre de Larry Clark. Su siguiente largometraje, Bully (2001), representará una descarnada crónica de la violencia, los abusos —tanto respecto a las drogas como al sexo y a la dignidad— y la insensibilización por parte de la juventud y, por extensión, de una sociedad suburbana. Basada en una historia real, Marty (Brad Renfro), un surfista de una pequeña localidad de Florida, ha sufrido desde su niñez los retorcidos abusos de su mejor amigo, Bobbie (Nick Stahl). Desesperada por la situación, la novia de Marty, Lisa (Rachel Miner) le sugiere que asesinen a Bobbie. A partir de ese momento, buscan el apoyo de un grupo de amigos para llevar a cabo su fatal plan. De nuevo, nos encontramos un duro documento audiovisual en el que Clark nos despliega crueldad y exceso sin tapujos entre adolescentes.

Sin embargo, es con Ken Park (2002) cuando arrecian las críticas contra el crudo estilo de Larry Clark, una exposición de los tabúes suburbanos sin paliativos de ningún tipo. Esta historia nos adentra en las tormentosas vidas de varios adolescentes skateboarders que se conocen desde la infancia y sus diferentes y difíciles condiciones familiares, afrontando de cara y sin censura un bizarro mundo sexual plagado de alienación, abusos, indefinición, culpa y experimentación. Prohibida en algunos países por su explícito contenido, Clark lleva al espectador al extremo filmando sin filtros morales.

Ese mismo año, también dirigirá el telefilm El regreso a las cavernas (2002), una obra menor que explora un pelicular escenario postapocalíptico.

Tras la polvareda levantada por su anterior largo, volverá tres años después a estrenar una comedida cinta centrada en las travesuras de una banda de skateboarders latinos que saldrán de South Central a la conquista de chicas ricas de Hollywood y Beverly Hills y lidiar con la policía, novios celosos y padres enloquecidos. Wassup Rockers (2005) es una película que cabalgará entre la comedia y el drama, rebajando el tono de las obras anteriores y exponiendo el choque entre los mundos de la abundancia y la marginación.

No será hasta la nueva década cuando retome su actividad como director de cine, pero antes protagonizará varios episodios polémicos con respecto a la exposición de sus trabajos en el Musée d’Art Moderne de París en 2010 en la que se reunían doscientas fotografías que presentaban escenas de sexo explícito y desnudos adolescentes; por otro lado, también en París, el autor sería objeto de una programación especial en el Club Silencio donde se ponían a la venta varias de sus fotografías por tan solo 100 €, además de la proyección de, hasta la fecha, su última película: The Smell of Us (2014). El filme recoge los excesos de un grupo de skateboarders en París y fue acogida con más pena que gloria por parte de la crítica y del público. Entre estos dos acontecimientos, estrenaría Marfa Girl (2012), en la que Larry Clark pondrá su interés en un adolescente latino sin rumbo que vive en la ciudad texana de Marfa. Con el personaje de Adam (Adam Mediano) como nexo de unión para el mosaico de personajes, nos irá mostrando poco a poco los entresijos de esta pequeña población fronteriza. Como novedad, Larry Clark pondrá esta película en visionado directo a través de su web personal larryclark.com, apostando, de esta manera, por las nuevos medios para llegar al público sin intermediarios.

Al margen de la polémica que pueda generar su trabajo, Larry Clark pasa por ser uno de los fotógrafos americanos más influyentes de su generación, admirado por directores del prestigio de Gus Van Sant o Martin Scorsese, sobre todo, en su primera etapa. Clark supuso un golpe directo a la conciencia colectiva desde la publicación de su libro Tulsa en 1971 y ha continuado experimentando en sus fotografías y obra audiovisual con los problemas que afectan a los adolescentes y la cultura juvenil, ya sea desde un punto de vista autobiográfico o en la piel de otros, con especial interés en la masculinidad y la vulnerabilidad a la que se enfrenta en esta etapa de la vida.