«Lost River» (2014), sensaciones encontradas

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La opera prima como director y guionista del actor Ryan Gosling no deja a nadie indiferente, trasladando un gusto agridulce entre la crítica y el público.

Billy (Christina Hendricks), madre soltera con dos hijos, es una de las pocas residentes que quedan en la decadente ciudad de Lost River y acumula un retraso de tres meses en los pagos de su hipoteca. Dave (Ben Meldensohn), el director del banco, le ofrece un trabajo en un club especializado en bizarros espectáculos de variedades para que pueda saldar sus deudas, introduciéndola en un submundo de delirio cercano a la pesadilla. Por otro lado, su hijo mayor, Bones (Iain De Caestecker), trata de conseguir cobre de las viviendas abandonadas de la zona, pero en uno de sus asaltos tropieza con un matón local, Bully (Matt Smith), y este le amenaza con castigarlo. Al mismo tiempo, Rat (Saoirse Ronan), vecina de la familia, le explica que localidades cercanas fueron sepultadas bajo las aguas para crear una reserva que, posteriormente, Bones descubrirá de primera mano cuando huye de Bully.

Lost River (2014) traslada a las pantallas un fairy tale surrealista y macabro en donde las imágenes potentes, febriles y saturadas de Ryan Gosling explotan un guión en el que se pueden encontrar amplias referencias a autores como David Lynch o el danés Nicolas Winding Refn, con el cual el propio Gosling ha trabajado en un par de largometrajes. Una historia que también bucea en la crisis inmobiliaria en un tono poético que trata de preservar la belleza en el declive, dejando bien claro lo que se deja atrás en el nombre del progreso.

Primer filme de Ryan Gosling como director y guionista

De ser estrella infantil gracias a sus apariciones en el Disney Channel, este actor canadiense consiguió el reconocimiento internacional del público adulto con su papel de fanático nazi con ascendencia judía en el largometraje El creyente (2001) y, con posterioridad, interpretando personajes inadaptados o con fuertes contradicciones en sucesivas películas. Asimismo, ha demostrado ser un artista polifacético, en concreto, grabando un disco en solitario, Put Me In the Car (2007) y formando junto a Zach Shields la banda de rock alternativo Dead Man’s Bones.

Con esta primera película, Ryan Gosling ha demostrado su gusto por las producciones independientes y ha configurado una historia que mezcla la tradición europea de cuentos fantásticos con un toque de crítica social y política y, ante todo, cierto tinte onírico con aspiraciones poéticas. De escaso diálogo, la cinta explota las imágenes de decadencia, apareciendo estas fotografiadas con gran contraste y saturación bajo una banda sonora que busca la tensión y un montaje que por momentos tiene reminiscencias del cine de terror.

Sensaciones encontradas

A pesar de crear una atmósfera surrealista casi opresiva, una cámara que busca la belleza del «declive postmoderno» y una fotografía que explota la luz y el color, el empacho de recursos retóricos y la estridencia de algunas escenas hacen que el relato quede en un segundo plano y resulte por momentos simplón, casi una excusa para mostrar imágenes recurrentes y manidas —tantos incendios pueden llegan a cansar—. Sumado a esto, el largometraje recoge referencias a los universos creativos de otros autores, pero sin llegar a plasmarse realmente algo más que las propias intenciones de Gosling por demostrar lo mucho que admira a estos, lo que le hace perder en cierta forma personalidad y arrojar un aura de pedantería sobre su trabajo.

Quizá su indefinición y el poco peso de la trama a favor de lo visual juegue en contra de las pretensiones de Ryan Gosling, aunque lo cierto es que nos encontramos ante un documento audiovisual que despierta sensaciones encontradas y que no ha conseguido unanimidad entre la crítica y el público. Cintas como esta polarizan las opiniones, que se mueven hacia el amor más desatado o el odio más encarnizado, y difícilmente pueden servir para augurar una prometedora o una desastrosa carrera tras las cámaras.